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Dicen los que lo atestiguaron que en ese pueblo lejano, allá en donde casi termina el mundo, todo comenzó cuando Ernesto se enamoró perdidamente de aquella joven extraña llamada Rayén. Hija única de un científico, casi hechicero alemán para más señas, llamado Karl Wilhelm, quien llegó al pueblo para quedarse a vivir.

Juran los que lo vieron que Karl hacía cosas muy raras con las plantas y árboles del lugar. Que logró que un peral diera manzanas o que un ciruelo diera peras. Que incluso consiguió que un árbol entregara, según la estación del año, peras, ciruelas o manzanas. Nadie sabía cómo lo había logrado, lo único seguro era que su hija había heredado sus poderes y malas artes que desafiaban a la naturaleza.

Aseguran quienes allí  estuvieron que Ernesto y Rayén vivieron un amor profundo y pocas veces visto, y que incluso él le pidió matrimonio. Pero en el último momento, Ernesto se acobardó y no pudo defenderla de su familia, de sus amigos, del pueblo entero.

Afirman quienes la vieron que Rayén, transida de dolor y rabia, condenó al pueblo de Almahue a no amar nunca más. Quien lo habite y se enamore, caerá fulminado como el rayo que atraviesa el bosque, cuando cae la lluvia, en donde se quedó a vivir Rayén.

Dicen que hubo un primer libro que hablaba de esta leyenda, pero su autor Benedicto Mohr desapareció misteriosamente y el libro difícilmente se ha vuelto a ver.

Es la leyenda de malamor.